Viaje astral
Posted byMención de Honor Instituto de Cultura Peruana de Miami 2009
Vuela entre aves de hierro de lucecitas titilantes. El viento helado cala sus huesos y hace lagrimear sus ojos. De repente nubes blancas que lo envuelven en un extravío momentáneo le dan paso a la penumbra de una noche sin estrellas, y sin saber cómo, se encuentra corriendo por su calle. Todo ha cambiado, pero logra reconocer su barrio. Llega hasta su quinta, todo está oscuro. Entra corriendo ansioso como sabiendo que no dispone de mucho tiempo. Unas rejas negras de fierro que antes no estaban lo desaniman por un instante pensando que hasta allí llegaba su camino. La jala y está abierta, suspira aliviado. Sube al segundo piso y una puerta de madera pintada de ocre lo recibe entre abierta, empuja y entra. Todo está en penumbra. Una luz tenue lo hace desviarse hacia el que fue su dormitorio y allí la encuentra. Su madre semi sentada en una cama de cabecera de lata verde, al lado de un velador de madera donde sobre una pequeña lámpara cuelga un rosario rosado, y en la misma cabecera un cuadro del Señor De Los Milagros con una foto pequeña de alguien, que no logra reconocer, pegada en el marco. Por un momento lo duda pero sí, sí es ella. Ya no es la mujer robusta de sus memorias, ahora sólo ve ante sus ojos a una anciana delgada y de cabello plateado. Quiere despertarla pero sabe que no debe. Antes de dejar la habitación mientras en silencio la observaba, su madre abre los ojos y le estira los brazos. Se abrazan, siente su cuerpo y su olor. Los ojitos pequeños de la anciana lo miran con amor, le acaricia la cara.
Vuela entre aves de hierro de lucecitas titilantes. El viento helado cala sus huesos y hace lagrimear sus ojos. De repente nubes blancas que lo envuelven en un extravío momentáneo le dan paso a la penumbra de una noche sin estrellas, y sin saber cómo, se encuentra corriendo por su calle. Todo ha cambiado, pero logra reconocer su barrio. Llega hasta su quinta, todo está oscuro. Entra corriendo ansioso como sabiendo que no dispone de mucho tiempo. Unas rejas negras de fierro que antes no estaban lo desaniman por un instante pensando que hasta allí llegaba su camino. La jala y está abierta, suspira aliviado. Sube al segundo piso y una puerta de madera pintada de ocre lo recibe entre abierta, empuja y entra. Todo está en penumbra. Una luz tenue lo hace desviarse hacia el que fue su dormitorio y allí la encuentra. Su madre semi sentada en una cama de cabecera de lata verde, al lado de un velador de madera donde sobre una pequeña lámpara cuelga un rosario rosado, y en la misma cabecera un cuadro del Señor De Los Milagros con una foto pequeña de alguien, que no logra reconocer, pegada en el marco. Por un momento lo duda pero sí, sí es ella. Ya no es la mujer robusta de sus memorias, ahora sólo ve ante sus ojos a una anciana delgada y de cabello plateado. Quiere despertarla pero sabe que no debe. Antes de dejar la habitación mientras en silencio la observaba, su madre abre los ojos y le estira los brazos. Se abrazan, siente su cuerpo y su olor. Los ojitos pequeños de la anciana lo miran con amor, le acaricia la cara.
– Hijo te he extrañado tanto, te quiero mucho- le dice- y tu padre también, no lo dejes solo-
El hombre llora sin parar como si hubiera reservado todas las lágrimas de su vida para ese momento. El hombre asiente con un movimiento de cabeza, no puede pronunciar palabra, un nudo en la garganta se lo impide.
Secándose las lágrimas que ruedan por su rostro, siente algo detrás de él. Voltea la cabeza y ve un gato de pelaje amarillento que duerme al lado de la cama. –Que raro, a mi viejita nunca le gustaron los gatos- piensa mientras deja la habitación desconcertado. Una tristeza nunca antes sentida lo tortura.
Despierta sudando, un sentimiento de culpa lo empuja a salir y buscar un locutorio para llamar a su casa. Son las once de la noche y las calles están casi desiertas, no por la hora, sino por el frío de enero. Todo esta blanco. La primera nevada de aquél invierno entierra carros y veredas. El hombre camina dejando sus huellas en la nieve impoluta. Entra al locutorio y marca el número que a pesar del tiempo no ha olvidado. La voz de un anciano, después de decir aló lo reconoce.- hijo- le dice con entusiasmo.
El hombre trata de excusarse, el anciano lo interrumpe. - Tu madre se muere, ven lo más pronto posible si quieres encontrarla viva- dice la voz quebrada del viejo.
La falta de dinero dilata su viaje. Tres días después de la llamada llega a su tierra, el padre lo recibe. Se abrazan, el hombre llora, pide perdón. El padre llora también, no dice nada.
- Tu madre ya murió, la estamos velando- dice el padre después de unos segundos, secándose las lágrimas. El hijo se derrumba por dentro. Camino al hospital donde la velaban, triste mira las calles. Todo luce diferente, ambulantes en las aceras del hospital vendiendo de todo. Un molientero ofreciendo sus brebajes humeantes en la esquina, a pesar de ser pleno verano, y las pistas llenas de microbuses y taxis blancos y amarillos. El país siguió sin él y ni siquiera notó su ausencia, pensó. Siempre imaginó su regreso de manera tan diferente. La supuesta alegría que pensaba sentir el día que volviera a su tierra después de tanto tiempo no existía. En su lugar una sensación de desprecio por él mismo lo abrumaba.
Al entrar al velatorio un ataúd gris lo espera con la ventanilla abierta. Camina entre miradas que siguen sus pasos. Siente gente a sus lados, algunas sentadas, otras paradas. Las coronas de flores llena el pequeño salón de un olor insoportable. Se para frente al cajón y su corazón tiembla con estrépito al ver a su madre. Su cabello es muy blanco y está muy delgada. Su cabeza ligeramente inclinada hacia la derecha y sus ojos un poco abiertos igual que sus labios parecen haber estado esperándolo para susurrarle un te quiero. El hombre, sin importarle los murmullos de la gente que parecen decir – Ahí esta el hijo ingrato- no lo afecta y abre la ventanilla del cajón. La besa en la frente y toca su rostro bramando un perdón en la mente.
Después del entierro van a casa. La quinta se ve más vieja y estrecha. Las rejas negras de la puerta están cerradas y el padre las abre. Suben las escaleras y entran al departamento. El cuarto que era suyo está cambiado.
– Desde el siguiente día de tu partida tu madre lo ocupaba. Decía que te podía sentir entre sus paredes- le explica el anciano al notar el asombro en los ojos del hijo. Una cama de cabecera de lata verde está tendida, al lado de un velador de madera, donde sobre una pequeña lámpara apagada cuelga un rosario rosado. Sobre la cabecera, un cuadro del Señor De Los Milagros luce algo descolorido. Pegada a su marco derecho, una foto de él mismo veinte años atrás. El hombre se estremece sin decir nada y busca la mirada del padre. Cuando voltea la cara ve un gato amarillento, que se le acerca amigable y se soba entre sus piernas.

1 comentarios:
Muy bueno
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