La Luz

Posted by Roberto Mansilla Nieto Etiquetas:

Concurso de Narracion Instituto de Cultura Peruana de Miami 2011
 (3er puesto) 

Mi existencia  no tiene ningún sentido sin ellos. Camino las calles de siempre,  entristecido, desesperado. Los temores, la terrible culpa que oprime mi pecho y la soledad que duele y que lamento, siguen mi andar por donde quiera que intente perderme,  huyendo de mi mismo,  de los malos recuerdos y de todo. Busco a mi familia por todos lados y no los puedo hallar. Debí escuchar a mi mujer.
–Por favor, Alberto, déjame manejar  el auto, has tomado demasiado- decía ella y yo no escuchaba, embrutecido por el licor, envalentonado por la petulancia.
Ahora, solo, con ésta angustia que hace pesado mi andar, no logro encontrar consuelo.
Esa noche, la última noche que vi a mi mujer e hijo, la recuerdo borrosa, imprecisa, llena de lagunas negras, sin color. Llovía a cantaros, parecía un diluvio. El viento endiablado lanzaba las gotas de lluvia tan fuerte que parecían ráfagas de metralla, latigazos enloquecidos de agua.
Yo había bebido más de la cuenta en aquella reunión. Nos despedimos de los amigos en la puerta de su casa. Mi mujer, con el pequeño Lalo en brazos,  luchaba conmigo para que le dé las llaves. No pudo convencerme. Subí al auto y pegué un grito ordenándole  que hiciera lo mismo. Ella callada me  miró, empapada de agua y de rabia. Abrió la puerta trasera, acomodó al niño en su silla y se quedó con él, en el asiento de atrás.
Yo manejaba rápido, muy rápido, como de costumbre. Pegaba mi rostro lo más posible al parabrisas para poder ver. Las plumillas estaban en su máxima velocidad, pero no lograban vencer el ímpeto de la lluvia, y  dejarme ver con claridad. Veníamos bajando, por un camino rural y estrecho, lleno de curvas ocultas, granjas desperdigadas  y vegetación. Mis  manos sujetaban fuerte el volante, mi  pie derecho acariciaba levemente el freno, rosándolo listo para presionar. La sonrisa fea y torcida deformando mi  cara, los ojos enrojecidos clavados en el camino, y la mente adormecida  por el alcohol, perdida  en el limbo de los trastornados.
 –¡Baja la velocidad, Alberto, por lo que más quieras!- decía ella.
Yo no escuchaba, pensaba que tenía todo bajo control, hasta que súbitamente algo se atravesó en mi camino. Lo traté de esquivar, viré el timón con fuerza  a  derecha, luego a izquierda, y cuando  vi el árbol grande y robusto  en la nebulosa de la tormenta y de mi borrachera, fue  tarde ya. Desde ahí no recuerdo más. No recuerdo quien rescató a mi mujer e hijo. No sé quien se los llevó. Cuando desperté el auto era un acordeón y mi familia no estaba. La lluvia había  cesado y el olor a hierba y humedad era penetrante. Salí de entre los fierros deformes y caminé mucho, hasta llegar a casa, pero tampoco allí los hallé. Mi mujer había cumplido su amenaza de abandonarme  si no dejaba el licor. Consigo se llevó nada y todo a la vez. Dejó la  casa intacta, pero desapareció con mi hijo, mi más grande  tesoro. Allí quedé  por días esperando por ellos, pero nunca llegaron. Fue entonces que salí a buscarlos sin descanso,  vagando incansable hasta hoy, con la sola esperanza de recuperarlos.
Sigo caminando sin destino. El tiempo transcurre de manera irreal. El golpe que sufrí en la cabeza cuando  chocamos  parece haberme afectado el juicio. Estoy algo confundido. En mi andar gente que conozco me ignora, ni me miran. Supongo que saben lo que pasó, lo del accidente, y que mi mujer me abandonó. Quizá estén de acuerdo con ella para esquivarme, para no decirme donde están.
No sé cuantos días que no regreso por casa. Decido hacerlo y cambio de camino. En el recorrido gente desconocida me saluda, algunos parecen amigables, otros se ven enojados, como perdidos sin rumbo.
Ahora  ya estoy en mi barrio.  A unos pasos antes de llegar a mi casa,  me cruzo con la vecina y ésta me ignora sin compasión.  Empujo la puerta  que está entre abierta y al entrar me sorprendo con lo que veo. No hay nada, está vacío. Sólo quedaron algunos papeles por los suelos, algunas bolsas con basura en las esquinas, algunas telas de araña en los rincones. Entristecido, me lamento a punto de llorar,  sentado en el suelo del que fue mi hogar con  las manos en el rostro. La película de mi vida se desenvuelve en mis pensamientos. Las caricias dadas, los cumpleaños festejados, las navidades esperadas. El día a día con sus cosas buenas y malas. Los errores cometidos, los aciertos.
-¡Perdóname,  Martha, perdóname por favor!- ¡Vuelve a mí, déjame ver a mi hijo, te lo suplico!- Lloro con estrepito por largo rato. La opresión que llevo en el pecho me lo reclama. Algo restablecido de mi dolor, pienso en silencio, seco mis lágrimas, recorro las habitaciones.
-¿Tan malo fui?, ¿Tan mal ser humano soy?- pregunto para mis adentros.
Dando vueltas entre los cuartos vacíos, me voy sintiendo agotado. Decido descansar por un rato. Sentado en el frio suelo voy quedando dormido, vencido por el marasmo de la soledad y el silencio. Sueño con angustia  cosas confusas. Siento voces que me llaman, manos que me jalan, bultos que me empujan. No soporto más y lucho con avidez por despertar  hasta lograrlo.
Despierto sobresaltado, desorientado. Como si hubiera pasado meses, el tiempo ha variado, el clima es distinto y  el sitio es el mismo, pero la casa ahora está llena de cosas que no reconozco.
 -¿Qué es esto?, ¡me estoy volviendo loco!, ¿qué me está pasando?- digo sin palabras o más bien lo pienso. Los muebles son otros, los cuadros son otros, todo es ajeno. Tengo miedo, mucho miedo, originado por  algo que no logro explicar.  
De pronto siento ruidos. A pasos sigilosos me dirijo al comedor y con sorpresa veo  gente, hablando mientras comen entre risas y cucharadas, muy amenamente, pero  no es mi familia.
-¿Qué hacen estos intrusos en mi casa?- pienso enfurecido. Parado junto a la mesa, ellos me ignoran.
-¡Fuera de mi casa!- grito, caminando de un lugar a otro. Nada sucede.
Ahora, un segundo más tarde,  la escena es otra, todos duermen, la casa está en penumbra. No entiendo nada, sacudo mi cabeza,  jalo mis  cabellos. Lloro.
Me refugio en el sótano. Lo hago  para alejarme de los intrusos sin abandonar mi casa. Este lugar se convierte en mi morada durante el día, sólo en las noches me animo a subir y recorrer los rincones de mi hogar. Allí  todavía puedo ver a mi mujer e hijo en sus diferentes ambientes, como si el tiempo por piedad  retrocediera para regalarme algo de felicidad.
“Martha, Lalito  y yo, sentados en la sala viendo por novena vez la película favorita de mi hijo, en aquél   atardecer de sábado, con sus rayos de sol moribundos  escabulléndose  a través de las ventanas,  pintando de anaranjado encendido los rincones de la casa. La bulla acogedora de los juegos de mi hijo por todos  lados, sus travesuras inocentes, su llanto y caricias. El amor incondicional de mi esposa, su beso cada mañana, la señal de la cruz  que marcaba en mi frente con sus manos abnegadas, y la promesa  de llegar cada tarde a las seis  para cenar. El amor y la tranquilidad de nuestra vida  familiar,  con sus días y sus noches.”
El tiempo no existe para mí. No sé si duermo y estoy soñando la pesadilla más larga de mi vida, o si estoy despierto y he perdido la razón. Siempre tuve miedo a la locura, perder el sentido de la realidad me parecía indecente. Nunca pensé que podía pasarme a mí. Estoy equilibrándome en  ese borde resbaloso, entre lo real y el abismo oscuro y sin retorno de los dementes. Tengo mucho miedo.
Sentado en un rincón del sótano, tratando de huir de mis propios pensamientos, escucho voces extrañas que me llegan lejanas. Me pongo de pie y camino, volteo en todas direcciones y no veo a nadie. Ahora la voz me llama por mi nombre. Sigo caminando en círculos,   tapándome los oídos. Tengo ansiedad. Una  mezcla de miedo e impaciencia me abruma. La voz insiste, me acorrala, me perturba. No puedo escapar de ella por más que corra.
-¡Basta! - grito enloquecido, cerrando los ojos. Quedo quieto. Unos segundos después, presiento el silencio. Lentamente voy sacando las manos de mis oídos mientras abro los ojos, temeroso. He Logrado que se callen, pienso aliviado. Unos instantes más  tarde  escucho  estupefacto la voz de mi mujer,  pero no logro verla. Un sentimiento de alegría nunca antes vivido llena mi corazón.
-¿Martha, eres tú?- pregunto, dando vueltas para ver de dónde viene la voz.
-¡Alberto, te amo y te perdono!, amor. Nuestro hijo está bien y siempre te recuerda. Después del accidente vendí la casa y nos mudamos  para escapar de los recuerdos que no nos dejaban vivir- dice ella, llorosa.
Tiemblo  de miedo y confusión. Sobo mis manos sudorosas y abro aun más los ojos, observante. Siento su presencia, viro el cuerpo y la puedo ver. Mi mujer está parada junto a la familia que habita sin permiso mi casa. Están todos  tomados de la mano. Otra  mujer que no conozco está con ellos. Martha me  mira con una sonrisa de amor que ensancha su rostro. Sus ojos húmedos me dicen sin palabras lo mucho que me ha extrañado. Siento paz.
- Ya no perteneces a éste lugar, debes seguir tu camino- dice con voz suave , sujetando una biblia con la mano derecha,  la extraña mujer que los acompaña. Un enorme crucifijo cuelga de su cuello.
-¿Por qué?, ¿por qué  debo  irme ahora que me he reencontrado con mi esposa?,  ¿por qué justo en este momento  que me ha perdonado?- pregunto sin obtener  respuesta. Estoy muy confundido, no entiendo nada.
Parada a unos cuantos pasos, mi mujer sigue mirándome con amor, apaciguando  mis temores y cambiando mi angustia por tranquilidad.
Llorando, esta vez de alegría, intento acercarme a ella para abrazarla, para decirle cuanto la he extrañado, para decirle cuanto la amo, cuando de repente veo una luz intensa que resplandece a mi derecha. Mi corazón da un vuelco involuntario. Un delicado aroma a campo y flores  perfuma divinamente el ambiente. Una leve ráfaga de viento fresco que emana de la luz mueve mis cabellos, llenando de paz mi alma. Sonrío, y sin explicación  alguna entiendo que es tiempo de marchar. Volteo la mirada y sorprendentemente  aquella luminosidad  no daña mis  ojos. Sé que debo ir hacia  ella. A pasos lentos pero decididos  voy  acercandome. Miro una vez más a mi mujer, le digo sin palabras  que cuide a mi hijo y que siempre la amaré, y con el perdón de mi familia,  llenando de tranquilidad mi corazón, entro en ese arco enorme y brillante, feliz y emocionado,  y  voy desvaneciéndome lentamente en su luz.  
RMN

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