Concurso de Narracion Instituto de Cultura Peruana de Miami 2011
(3er puesto)
Mi existencia no tiene ningún sentido sin ellos. Camino las calles de siempre, entristecido, desesperado. Los temores, la terrible culpa que oprime mi pecho y la soledad que duele y que lamento, siguen mi andar por donde quiera que intente perderme, huyendo de mi mismo, de los malos recuerdos y de todo. Busco a mi familia por todos lados y no los puedo hallar. Debí escuchar a mi mujer.
–Por favor, Alberto, déjame manejar el auto, has tomado demasiado- decía ella y yo no escuchaba, embrutecido por el licor, envalentonado por la petulancia.
Ahora, solo, con ésta angustia que hace pesado mi andar, no logro encontrar consuelo.
Esa noche, la última noche que vi a mi mujer e hijo, la recuerdo borrosa, imprecisa, llena de lagunas negras, sin color. Llovía a cantaros, parecía un diluvio. El viento endiablado lanzaba las gotas de lluvia tan fuerte que parecían ráfagas de metralla, latigazos enloquecidos de agua.
Yo había bebido más de la cuenta en aquella reunión. Nos despedimos de los amigos en la puerta de su casa. Mi mujer, con el pequeño Lalo en brazos, luchaba conmigo para que le dé las llaves. No pudo convencerme. Subí al auto y pegué un grito ordenándole que hiciera lo mismo. Ella callada me miró, empapada de agua y de rabia. Abrió la puerta trasera, acomodó al niño en su silla y se quedó con él, en el asiento de atrás.
